domingo, 15 de abril de 2018

Tiempo de suspiros.


Cierro los ojos, respiro su colonia. Me estremece recordarla.
Cierra la puerta, gira la bombilla y métete en la cama, a mi lado, en tanga, con uno de tantos que ya te he regalado, porque me gusta que los estrenes, todos, conmigo. Quiero ponerme encima de ti y no hay ningún aviso anticipado, frotarme contigo hasta que me saques brillo, el pintalabios te queda de infarto pero ya va siendo hora de quitártelo y abarcarte las tetas como si no hubiese un mañana. Roce es igual a goce, y no nos hace falta apoyar ningún vaso previamente para hacerlo.
Abre las piernas, porque pienso susurrarte, estando entre ellas y rozándote los labios, lo mucho que te he echado de menos todo este tiempo. Agárrame del pelo e incorpora tus caderas hacia delante, te ayudo cogiéndote del culo, pero acércate, es ahora cuando podemos recortar distancias, aprovechemos. Deja que te beba, tengo sed y nadie más que tú puede quitarme esta sequía. Apríetame contra ti, saborearte es un placer compartido, y hacerlo mientras mis manos se apoderan recorriendo cada pliegue de tu piel, uno más. Levántame la cabeza, mírame y deja que de tu boca salga mi nombre, murmúralo, grítalo, gímelo, no me importa que me delates, no sería la primera vez, ya me deben conocer.
Acariciarte el interior de los muslos y notar tu humedad me pierde, y aún así, sin brújula, sé que tu monte de Venus es mi norte. Soy capaz de tocarte la nota más aguda, sin saber hacerlo con un piano, y acompasar tus contracciones con mis dedos. Llegar a pasarte la palma de la mano entera con fuerza, y volver a meterlos, para sacarlos, y viceversa. No te dejes nada dentro, desahógate en mí y ahógate por mí después. Me hago responsable de mis actos.
Mi prioridad es satisfacer nuestro deseo, nuestro insaciable deseo.

Mi prioridad es ser libre, serlo contigo. Dame tiempo, las cosas de palacio van despacio y nosotras no somos ningunas reinas, somos luchadoras innatas, cada vez más, nuestro cuerpo y mente cada vez lo piden más. Pura necesidad.
Qué bonito es fundirnos con el fuego cerca.
Qué bonita eres a plena luz del día, con la luz de una bombilla y en mitad de la noche con la luz de la luna. Tus manos me dan tregua cuando me tocas, no es que sin hacerlo estemos en guerra, pero a veces desearía más paz conmigo misma.
Y la lluvia me moja al recordarnos.

domingo, 28 de enero de 2018

Caliéntame, Enero.

Ha tardado en venir el frío, pero ahora sí, ahora se ha metido hasta en los huesos y no hay abrigo ni abrazo que lo saque de mi cuerpo. Escuchar el ruido de las persianas golpear contra las ventanas me lleva a pensar que ojalá fueran esos los únicos golpes que escuchásemos siempre, por causa natural, de forma irremediable y poco importante. El mundo está lleno de personas, no, de personas no, de seres, mejor, de seres con sangre muy fría y me pregunto si será por el temporal, que los trastorna y trastoca hasta lo más profundo de su ser provocando un daño irreparable contra los que, aún con bajas temperaturas, seguimos teniendo la sangre caliente y nos enfrentamos al frío invierno armados hasta las cejas de lana y, a pesar de eso, a veces nos afecta, y nos enfriamos, y vuelve a ganar el hielo. Hielo que a veces nos falta para echar a la copa y tomar así mejores decisiones; otras, sin embargo, sobró en la propia Guerra Fría y en el resto de guerras que solemos declarar contra nosotros mismos, y contra los demás, en las que no hay Dios capaz de templar. Bueno, es que no hay Dios en general, entonces, qué se puede esperar si no es de nosotros mismos las buenas actuaciones, que en ocasiones fracasan, y eso sí que no desespera, la esperanza en la humanidad se congeló hace siglos.
Es fascinante la gravedad que empuja a las olas chocar contra los acantilados, parece que fuera alguien quien, con mucha rabia, lo pagase contra el agua, simbolizando que no siempre todo fluye, que a veces el agua se estanca, como si de un pozo se tratase, y no puede avanzar porque algo tan sólido no le deja, y se vuelve fría, tan fría que se hiela, y vuelve a ganar.
Y qué se puede decir del fuego, contrincante poderoso, el espectáculo tan maravilloso que se forma cuando, en el momento más inesperado, una racha de aire lo aviva, lo despierta aún más, lo libera, lo hace crecer llevándose todo por delante y, de pronto, cae agua, lo para, se vuelve a dormir, la zona se enfría, y vuelve a ganar.
A la tierra congelada nadie la quiere, porque no es productiva, no es bonita, y pasa desapercibida, y vuelve a ganar.
Qué coño nos pasa con el frío que vence todas las batallas, las internas también.
Pido a Enero, que ya termina, que me deje un buen sabor de boca como para querer repetir, que me busque y me encuentre cada noche, en la misma cama, no fallo, procuro hacerlo con las bragas más inocentes y los tangas más provocadores. Le pido que me envuelva, me camele, me ponga la piel de gallina, pero que no me ame, sólo que me caliente. Caliéntame, Enero, para soportar al mundo, porque el año empezó dejándonos a todos helados.


Ojalá el ruido de las persianas golpear contra las ventanas fuera la única violencia escuchada y, sobre todo, permitida.

domingo, 29 de octubre de 2017

Mediterránea.

“Quiero tatuarme tu acento en la clavícula izquierda”, una vez leí. Lo empecé a sentir después, disculpa la tardanza, pero no me llevo bien con la puntualidad, cometí el error de convertirlo en propósito de año nuevo, y ya sabes lo que pasa siempre con eso, que no se cumple.
Por querer, quiero aprenderme todas tus curvas con los ojos cerrados abierta en cuerpo y alma, entregarme sin complejos, miedos, dudas y vergüenza. Mostrarme ante ti, para mí, contigo. Evadirme con cada mirada, estremecerme con cada palabra, alterarme con cada movimiento. Hacerte temblar los muslos, el gemido aguantado con la boca entreabierta y ver soportar el peso del placer en tus párpados. El tiempo corre, y se corre con nosotras.
Salir de la rutina y de lo establecido, de los horarios calculados y de la cama para abrir la ventana y cerrar la puerta, si tiene que molestar alguien que sea desde fuera y lejos.
Me apetece que los espejos sean cómplices y testigos, recrearnos y jugarnos.
El tanga perderlo. Como más guapa me siento es cuando me visto de ilusiones y sueños reales y, además, te lo enseño. Me atrevería a decir que el brillo de los ojos no es fácil mantenerlo, mírame más, que ahí sigo.
Aviso, no vale echar la culpa al alcohol cuando en realidad lo que te echas son las ganas acumuladas, aunque no necesitemos excusas. La cuenta de los cubatas en fiestas es directamente proporcional a los grados de realidad con la que te imaginas a esa persona contigo para finalizar tu noche, y no sé qué resaca es peor, pero desde luego que, si bebes Whiskey, después no te atrevas a mezclar con Ginebra. Lo cierto es que mi mirada ya está manchada de picardía para los restos, pero también de inocencia, porque nunca me muestro, ni lo haré, al completo, a simple vista, no cualquiera va a averiguar mi otra parte de la mente, la sucia, la real, la sincera, al fin y al cabo. Felicitaciones por conseguirlo, me has descubierto, y lo que te queda.
Considero que aprendo por cada vivencia, que me llevo buenas sensaciones y que se quedan para el mejor recuerdo. No dejo de avanzar, de caminar a tu lado, de dormir encima de ti y de sonreír desde abajo.
No soltaré tu mano, tú no lo hagas de mis caderas.

Y mucho menos olvides que tu norte es mi sur, y viceversa.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Oda en prosa a mis creencias.

Me creo el amor y la belleza que representaban Venus y Afrodita, pero me convence más la sinceridad de Qadesh.
Lilith, lujuriosa y rebelde, cansada de ser sometida por Adán, abandonó el Paraíso, y creo que a la historia cristiana esta versión judía no le interesaba valorar.
Creo en la ninfomanía y en que dicho término fue creado por el patriarcado para hacer sentir a la mujer culpable de su apetito sexual "excesivo". No es excesivo, es inconsumible.
Creo que a la puta le viste la falda tan larga como de grande es su pureza, que no hay cigarro de después que le sienta mejor que a ella, y que anula como mujer a la que es forzada, en todos los sentidos.
Creo en el placer compartido, en la no sumisión con carácter imperativo dictada por el que entre sus piernas cuelga, lo que cree que es, su mazo para valorar lo que no es sólo suyo.
Creo en el orgasmo mental y no sólo por los libros, sino por personas que te seducen y excitan la mente con su palabra mientras calientan la barra del bar; pocos consiguen suficientes grados, y otros pocos llegar a disfrutarlo.
Creo en el arte del erotismo y que el arte es una de las más abstractas y perfectas formas de definirlo.
Creo en las orgías sin hacer ascos, en los locales de alterne sin vergüenza, y en las corridas donde no se ensucian las manos de sangre.
Creo en el poder de la seducción vestido de lencería de encaje negra, y no roja, por Navidad.
Creo que nuestros padres siguen follando, hasta que la vida no les da para más.
Creo en los gemidos aguantados, callados, con intención de no despertar la curiosidad de abrir la puerta de un baño y descubrirnos. Me creo los gemidos de los actores y actrices porno en sus polvos privados. Y creo firmemente que el porno, sobre todo lésbico, es muy malo.
Creo en el amor teórico, pero más aún en el práctico. En las caricias y besos intencionados, en las miradas con ojitos golosos, en la búsqueda infinita de las manos mientras arqueamos la espalda, en arañazos con sentido, en sentimientos arañados por las ganas. En los latidos iniciales y suspiros finales. En el sudor que empapan las sábanas, en tangas calados y labios humedecidos.
Creo que a la canela ya nadie se la cree y que hacerlo en la encimera de la cocina está sobrestimado.
Creo que la música y el buen vino, mezclados, son aliados de los que tiramos para tirarnos a alguien en nuestra cama cuando está la casa demasiado silenciada.
Creo que los juegos sexuales están infravalorados, pero a todos nos pica la curiosidad por cambiar un poco.
Creo que la masturbación es una técnica tabú para conciliar el sueño.
Me creo a las personas que dicen que el sexo sucio es el sexo bueno. Me alegro de conocerlas y, con algunas, ha sido hasta un placer hacerlo. Conocerlas, digo.
Y creo, como en tantas cosas, que el deseo carnal no lo pides tú antes de soplar las velas o cuando ves cómo se corre una estrella, sino tu cuerpo. Y darle al cuerpo lo que pide, nunca está de más.
Ilustración de @maria_uve_

jueves, 7 de septiembre de 2017

Nuvole grigie.

Madrid, 26 de abril del 2015.

Amanece lloviendo, se trata de una lluvia algo débil, delicada, parece que cae con el propósito de no hacer daño al tocarte, sólo mojarte ligeramente y provocar un revuelco extremo en tu pelo también causado por la gravedad que empuja a los árboles moverse de un lado a otro. La calle está sola, no hay nadie que la quiera siendo gris.

Me despierto por inercia y en la habitación apenas se escucha el agua caer, cuánta soledad respiro, la sensación de estar sola esta vez va acompañada por unas miserables gotas que rompen el silencio de manera torpe contra los cristales de las ventanas. Hay cuatro y, teóricamente, cuando hay sol, éste se pasea por ellas dejando entrar toda su luz, pero cuando el cielo se complica ya es otra historia, otro estado de ánimo para todo el día.
Sin ánimo ninguno de salir de la cama y con la poca fuerza de voluntad que me queda, decido levantarme para ver llover más de cerca. Siento frío, no acostumbro a dormir con mucha ropa, era de las que, bueno, soy de las que me gusta desvestirme para las noches atormentadas, a ver si así también me desnudo de mis inseguridades; lo único que consigue taparme son unas bragas azul marino. Me acerco resacosa al mirador y joder, qué bonita está la lluvia hoy, ese cielo con rasguños más oscuros que otros se identifica conmigo y por una vez me siento comprendida, veo como algo tan natural es capaz de expresar lo que me pasa y lo observo embobada, parece que es mi primera vez.
Pasados unos minutos caigo en la cuenta de que si el ver es maravilloso, imagina cómo debe ser el sentir. No pierdo tiempo en vestirme, total, no hay nadie y de haberlo me miraría con esa cara de incomprensión a la que ya estoy acostumbrada. Corro por las escaleras hasta llegar al portal, estoy nerviosa, me lo pienso varias veces si abrir o no, al fin y al cabo ya he salido demasiado desarropada, ahora toca terminar mi propósito; no debería pensar tanto, eso es lo que ha hecho que, en ocasiones, no disfrute de las poquitas cosas que la vida me ha dado a probar.
Acabo en la calle, con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Se trata de sentir, no de ver, y ligeramente sonrío, me está tocando, noto llover y puedo asegurar que es de las mejores sensaciones que he tenido en estos últimos meses. Provoca libertad, una libertad fría y que pocos saben apreciar ya que sólo se preocupan por no mojarse.
Es ahora cuando me siento bien, cuando me siento persona, cuando me siento.

sábado, 19 de agosto de 2017

Para Italia.

Esto no es una pequeña parte de "Romeo y Julieta" que escribió Shakespeare para calar y hacer pensar en el amor irreal e ilógico, ni tampoco uno de los tantos prólogos que escribía Petrarca a Laura expresando lo más íntimo por y para ella, ni siquiera algo de poesía contemporánea como la que de vez en cuando lees en la cama. Esto no es una carta de recuerdo largo, ni de amor, ni la de Reyes que este año se me olvidó mandar y cómo me arrepiento, ni la que se escribe para luego meterla en una botella de cristal y lanzarla al Mediterráneo esperando a que la encuentres, o para quemarla en la hoguera de San Juan con el propósito de olvidar, o pedir que se cumpla.
Aquí no te voy a preguntar si eres suerte o casualidad, o todo junto; si nos reímos del destino un rato y, además, le ponemos frenos. Si Italia es bonito, tanto como escucho en clase cada vez que se habla de Keats; si lo mejor es su pasta o el idioma cuando lo aprendes, o si Roma se vuelve Venecia y le hace competencia en la cama a París. Tampoco te voy a pedir que vuelvas pronto, o que vuelvas, porque luego te vas, porque no te gusta la monotonía ni estar en un sitio mucho tiempo, aunque, ¿cuánto es mucho tiempo? No pretendo echarte de menos, o convertirte en un problema, o que te desveles al pensar si seguiré durmiendo sola, o ser una despedida importante. No creas que te escribo para decirte que estoy mal, asustada o enfadada porque ahora me hayas sorprendido entrando en mi vida. Sólo quiero que pierdas unos minutos en recordar que la vida es tranquila hasta que te sonríe un huracán, y, calma, no te asustes, porque aunque el huracán venga con fuerza, es débil y en algún momento se puede ir. O no, porque no solo depende de él, sino también de ti. Aviso que huir es de cobardes, pero a veces una retirada a tiempo es una victoria, aunque créeme, ya es tarde; que no te despertaría si no es para ver cómo te confiesas humana.
Y no pienso terminar de escribir diciendo lo que se dice siempre en una carta, porque ya te he dicho que esto, no es una carta; además, lo que se dice queda entre nosotras, siento no fiarme del cartero.

Pero, ya en serio: disfruta, no lo olvides.


Atte.: (  ) piccolo uragano.

jueves, 3 de agosto de 2017

Mi naturaleza.

A la vida, que le he dado forma de pirámide y de círculo, yo, tan simplemente retorcida.

Ahora es cuando le doy otra forma, la de sus piernas. Creo que es la más bonita de todas sus transformaciones, la que más vértigo me provoca cuando me asomo desde el acantilado de sus caderas y la que más deseo despierta en mí si la miro desde abajo. Me convierto en pantera por sus muslos dejando, con mucho sentimiento, pequeños arañazos que delatan las ganas de comerme todas sus curvas hasta llegar a la cascada para saciar mi sed; siempre noto que por esta selva la temperatura es muy elevada y la humedad de ella es también mi sudor. Debería tener cuidado, en esta vida las arenas movedizas se encuentran cerca de su ombligo, una zona bastante tentadora cuyo calor es tan fuerte que te deja perdida y te arrastra hasta lo más profundo de su ser en donde sólo te permite ver el pozo de su boca suspirar. Confieso que, si se da la vuelta, es fascinante el paisaje que se posa en su espalda, aquí es cuando me convierto en un feo saltamontes que va de lunar en lunar hasta llegar al famoso valle, escenario que enseña la luna llena todas las noches, sobre todo de verano, y nunca llueve.

Todavía no tengo claro dónde quiero vivir, si en el aire de su pelo, en el fuego de sus ojos o en el agua de su boca. Sólo hay una zona que no me atrevo, en los terremotos de sus dedos después de cada orgasmo, ahí es muy difícil dormir y, de vez en cuando, necesito descansar.


Sigo sin decidir dónde quedarme porque lo cierto es, que esta vida me gusta demasiado como para estancarme en un único lugar, así que tal vez lo mejor sea viajar por todo su cuerpo hasta morir ahogada a causa de las inundaciones de entre sus piernas, o por ese miedo agónico que me entra cuando escucho sus finos suspiros y afinados gemidos, cuando me encuentro sola con su cuerpo, en la noche.