jueves, 2 de agosto de 2018

Los pequeños placeres de verano.


Desde un café y su cigarro, por la tarde, en un chiringuito con vistas al mar, hasta empezar por los preliminares de lo que parece prometer en una hamaca e irse corriendo, que no corriéndose, a la cama del apartamento, porque ya haga más frío que calor entre cuerpos, quién sabe si extraños.
Bañarse en la playa sin bragas, tomar el sol con cualquier canción que te ponga cachonda, reír hasta sentir el orgasmo, eso sí que da vida.
Asarte de calor y, de pronto, encender el ventilador que hay en el techo.
Sentarte en una terraza y que la cerveza esté tan fría que tengas que quitarle el hielo de la botella para poder cogerla. Cuidado, que se te resbala como estés pendiente de la que lleva los pantalones por tanga, enseñando su tatuaje de la curvatura del glúteo derecho, y por empeñarte en leer lo que pone, vas a acabar sin buena cerveza servida en un caluroso atardecer de julio.
Ser para alguien como una tarrina de helado, de su favorito, que se lo va comiendo a cucharaditas pequeñas dejando que se le deshaga en la boca, para saborearlo bien y que le aguante el máximo tiempo posible; es decir, que no te acabes. Y si por cualquier contratiempo se rompiese la cucharilla, comer con los dedos, a nadie le importa mancharse si se trata de su helado preferido.
Comer sandia y que te caigan chorreones por el cuello, los cines al aire libre donde se ve en todo momento dónde metes las manos y ver su corte de moreno más sensual.
Ojalá tener un pequeño verano en cada mes o, por lo menos, la misma sensación de vivir.
{Escena de la película Kiki, el amor se hace.}

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