Desde un café y su cigarro,
por la tarde, en un chiringuito con vistas al mar, hasta empezar por los
preliminares de lo que parece prometer en una hamaca e irse
corriendo, que no corriéndose, a la cama del apartamento, porque ya
haga más frío que calor entre cuerpos, quién sabe si extraños.
Bañarse en la playa sin bragas, tomar el sol con cualquier canción
que te ponga cachonda, reír hasta sentir el orgasmo, eso sí que da
vida.
Asarte de calor y, de
pronto, encender el ventilador que hay en el techo.
Sentarte en una
terraza y que la cerveza esté tan fría que tengas que quitarle el
hielo de la botella para poder cogerla. Cuidado, que se te resbala
como estés pendiente de la que lleva los pantalones por tanga,
enseñando su tatuaje de la curvatura del glúteo derecho, y por
empeñarte en leer lo que pone, vas a acabar sin buena cerveza servida en un
caluroso atardecer de julio.
Ser para alguien como una
tarrina de helado, de su favorito, que se lo va comiendo a
cucharaditas pequeñas dejando que se le deshaga en la boca, para
saborearlo bien y que le aguante el máximo tiempo posible; es decir,
que no te acabes. Y si por cualquier contratiempo se rompiese la
cucharilla, comer con los dedos, a nadie le importa mancharse si se
trata de su helado preferido.
Comer sandia y que te caigan
chorreones por el cuello, los cines al aire libre donde se ve en todo
momento dónde metes las manos y ver su corte de moreno más sensual.
Ojalá tener un pequeño
verano en cada mes o, por lo menos, la misma sensación de vivir.
{Escena de la película Kiki, el amor se hace.}

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