lunes, 25 de septiembre de 2017

Oda en prosa a mis creencias.

Me creo el amor y la belleza que representaban Venus y Afrodita, pero me convence más la sinceridad de Qadesh.
Lilith, lujuriosa y rebelde, cansada de ser sometida por Adán, abandonó el Paraíso, y creo que a la historia cristiana esta versión judía no le interesaba valorar.
Creo en la ninfomanía y en que dicho término fue creado por el patriarcado para hacer sentir a la mujer culpable de su apetito sexual "excesivo". No es excesivo, es inconsumible.
Creo que a la puta le viste la falda tan larga como de grande es su pureza, que no hay cigarro de después que le sienta mejor que a ella, y que anula como mujer a la que es forzada, en todos los sentidos.
Creo en el placer compartido, en la no sumisión con carácter imperativo dictada por el que entre sus piernas cuelga, lo que cree que es, su mazo para valorar lo que no es sólo suyo.
Creo en el orgasmo mental y no sólo por los libros, sino por personas que te seducen y excitan la mente con su palabra mientras calientan la barra del bar; pocos consiguen suficientes grados, y otros pocos llegar a disfrutarlo.
Creo en el arte del erotismo y que el arte es una de las más abstractas y perfectas formas de definirlo.
Creo en las orgías sin hacer ascos, en los locales de alterne sin vergüenza, y en las corridas donde no se ensucian las manos de sangre.
Creo en el poder de la seducción vestido de lencería de encaje negra, y no roja, por Navidad.
Creo que nuestros padres siguen follando, hasta que la vida no les da para más.
Creo en los gemidos aguantados, callados, con intención de no despertar la curiosidad de abrir la puerta de un baño y descubrirnos. Me creo los gemidos de los actores y actrices porno en sus polvos privados. Y creo firmemente que el porno, sobre todo lésbico, es muy malo.
Creo en el amor teórico, pero más aún en el práctico. En las caricias y besos intencionados, en las miradas con ojitos golosos, en la búsqueda infinita de las manos mientras arqueamos la espalda, en arañazos con sentido, en sentimientos arañados por las ganas. En los latidos iniciales y suspiros finales. En el sudor que empapan las sábanas, en tangas calados y labios humedecidos.
Creo que a la canela ya nadie se la cree y que hacerlo en la encimera de la cocina está sobrestimado.
Creo que la música y el buen vino, mezclados, son aliados de los que tiramos para tirarnos a alguien en nuestra cama cuando está la casa demasiado silenciada.
Creo que los juegos sexuales están infravalorados, pero a todos nos pica la curiosidad por cambiar un poco.
Creo que la masturbación es una técnica tabú para conciliar el sueño.
Me creo a las personas que dicen que el sexo sucio es el sexo bueno. Me alegro de conocerlas y, con algunas, ha sido hasta un placer hacerlo. Conocerlas, digo.
Y creo, como en tantas cosas, que el deseo carnal no lo pides tú antes de soplar las velas o cuando ves cómo se corre una estrella, sino tu cuerpo. Y darle al cuerpo lo que pide, nunca está de más.
Ilustración de @maria_uve_

jueves, 7 de septiembre de 2017

Nuvole grigie.

Madrid, 26 de abril del 2015.

Amanece lloviendo, se trata de una lluvia algo débil, delicada, parece que cae con el propósito de no hacer daño al tocarte, sólo mojarte ligeramente y provocar un revuelco extremo en tu pelo también causado por la gravedad que empuja a los árboles moverse de un lado a otro. La calle está sola, no hay nadie que la quiera siendo gris.

Me despierto por inercia y en la habitación apenas se escucha el agua caer, cuánta soledad respiro, la sensación de estar sola esta vez va acompañada por unas miserables gotas que rompen el silencio de manera torpe contra los cristales de las ventanas. Hay cuatro y, teóricamente, cuando hay sol, éste se pasea por ellas dejando entrar toda su luz, pero cuando el cielo se complica ya es otra historia, otro estado de ánimo para todo el día.
Sin ánimo ninguno de salir de la cama y con la poca fuerza de voluntad que me queda, decido levantarme para ver llover más de cerca. Siento frío, no acostumbro a dormir con mucha ropa, era de las que, bueno, soy de las que me gusta desvestirme para las noches atormentadas, a ver si así también me desnudo de mis inseguridades; lo único que consigue taparme son unas bragas azul marino. Me acerco resacosa al mirador y joder, qué bonita está la lluvia hoy, ese cielo con rasguños más oscuros que otros se identifica conmigo y por una vez me siento comprendida, veo como algo tan natural es capaz de expresar lo que me pasa y lo observo embobada, parece que es mi primera vez.
Pasados unos minutos caigo en la cuenta de que si el ver es maravilloso, imagina cómo debe ser el sentir. No pierdo tiempo en vestirme, total, no hay nadie y de haberlo me miraría con esa cara de incomprensión a la que ya estoy acostumbrada. Corro por las escaleras hasta llegar al portal, estoy nerviosa, me lo pienso varias veces si abrir o no, al fin y al cabo ya he salido demasiado desarropada, ahora toca terminar mi propósito; no debería pensar tanto, eso es lo que ha hecho que, en ocasiones, no disfrute de las poquitas cosas que la vida me ha dado a probar.
Acabo en la calle, con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Se trata de sentir, no de ver, y ligeramente sonrío, me está tocando, noto llover y puedo asegurar que es de las mejores sensaciones que he tenido en estos últimos meses. Provoca libertad, una libertad fría y que pocos saben apreciar ya que sólo se preocupan por no mojarse.
Es ahora cuando me siento bien, cuando me siento persona, cuando me siento.