domingo, 23 de julio de 2017

La pequeña guerrera en su mar.

Las lágrimas se tiraban sin miedo desde el fino borde del precipicio, conocido como la línea de agua, de sus ojos marrones oscuros. Caían dirección sur acariciando sus mejillas, paseando por sus pómulos de manera leve; y como si de una carrera de gotas de agua en la ventanilla del coche se tratase, competían por ser las primeras en llegar a la comisura de los labios, deseosas de ser saboreadas, de hacer notar su sabor a sal llenas de recuerdos amargos. El capricho de las lágrimas provocaban una inundación en la córnea que le impedía ver con exactitud, pues la vista se le quedaba borrosa, como su pasado, como el vago olvido, como la alusión a los besos que le daba. La esclerótica pasaba de ser blanca a tener trazos rojizos, causando escozor, pero no le daba importancia alguna, no dejaba de llorar, ahora que había empezado su temprano berrinche no iba a contenerlo, qué mas daba, tampoco era la primera vez que esto pasaba y lo cogió como costumbre.
Casi siempre que se metía en la cama el mismo proceso repetía, lo hacía en silencio, pensaba que el dolor era preferible mostrarlo sin molestar a nadie, y asegurándose de que el anillo seguía en su anular de la mano derecha, empezaba a ahogarse en sus propios pensamientos, torturándose por la decisión que tomó y cuestionándose si realmente hizo bien en optar por eso. Cerraba los ojos cuando sentía que la primera gota salada amenazaba con salir a la luz de la oscuridad, pero rápido cedía a abrirlos para que escapase esta y todas las que venían detrás.
La sensación de angustia, fragilidad y de ser una inútil crecía por momentos sin esperanzas de que alguien interrumpiera esa pequeña rutina nocturna y la abrazara prometiendo lo que todos queremos escuchar cuando nuestra vida va de puta pena. Llegó hasta tal límite de sollozos, que surgió replantearse si de verdad necesitaba a una persona para recibir consuelo, si sería una locura pensar que ella podría tener la suficiente fuerza como para ser la que agacha y levanta la cabeza cuando fuese preciso. Se asustó de tener ese razonamiento frío pero inevitable, el sufrimiento que esta cargaba noche sí y a la siguiente también solo podía hacerle dos cosas: o bien, hundirla en la misma mierda de siempre y no salir, o bien, usarlo de respaldo y convertirse en piedra.
Se dejó llevar por la segunda opción. Al principio le costó muchísimo, a punto de abandonar estuvo pero, si era cabezona para todo, en esto no iba a ser menos. Mucho había sido el tiempo de debilidad máxima y se cansó, o al menos quería cansarse para salir de ese círculo vicioso que no era vida, ni era nada.

Poco a poco la pequeña guerrera consiguió que sus ojos marrones oscuros quedaran intactos durante la noche y amanecieran sin restos rojizos, fue entonces cuando colocó su armadura al corazón para protegerlo de todo posible peligro del antojadizo sentimiento amoroso que, tantas noches, le hizo pasar en aguas saladas.

jueves, 20 de julio de 2017

Algo pequeño que contar.

Suponiendo que le doy una introducción:

Empezó siendo capricho, pero no he querido dar el paso hasta verlo como una necesidad real. Siento que tengo que decir muchas cosas y veo viable la idea de plasmarlo desde un teclado a los demás, si es que hay alguien ahí detrás. No quiero presentaciones, por el momento, quiero mostrarme al vacío de cabeza, el miedo está un poco presente, aunque confío en que acabaré llevándolo bien, y quién sabe si venciéndolo.
Busco la satisfacción de soltarlo todo, o al menos lo suficiente como para yo sentirme bien. Apuesto por esto y creo que es un buen momento, sin presiones, no va a ser mi rutina, digamos que sólo un espacio en el que mostrar lo que esta cabecita esconde, interesante o no, está presente y quiero hablar. Expresarse lo considero un arte, cada persona lo hace a su manera, puede o no atraer, dar fuerza o dejarte indiferente. Hay palabras que el viento se las lleva, y otras que se quedan grabadas en cada piedra con la que tropiezas; yo creo ser más de la segunda opción, lo prefiero, y vengo a dejar constancia de todo ello.
No busco doler pero sí sentir. Me atrevería a decir que se trata de un placer compartido, así lo propongo.

Encantada de abrirme, espero que el disfrute sea recíproco leyéndome.