lunes, 7 de septiembre de 2020

Sabes a mar.

Sácame a bailar una vez más.

Me volvía cuerda por contarte los lunares y hago malabares sobre ella cuando me descubres tu skyline a cualquier hora del día. Por incentivar el turismo nacional, en toda ciudad me arriesgo a perder el equilibrio y caer contigo en cada precipicio al que te asomas con tus manos. Mientras, la luna no sólo está celosa, sino que le da vergüenza salir las mismas noches que nosotras estamos juntas y ya no brilla con la misma fuerza porque sabe cuándo retirarse.

Reconoceré sólo una vez que, desde que me agarraste, veo más estrellas en Madrid y con perspectiva,

me pones del revés y de vuelta,

te pongo de humana y acabas siendo la diosa que toda atea quisiera rezar,

me lees poesía en la playa

y en braille en la cama hasta dormirme en tu boca,

esa es la séptima manera de matar a esta gata.


Y sueño:

el oleaje silbando tu nombre y los rayos de sol tatuados en tus muslos me confunde, no sé si el mar me está pidiendo que me quede con él o contigo. Tal vez tenga el plan de perderme en cada orilla del norte para encontrarme en el sur de tu isla, quizá me deje alcanzar por las olas y vaya directa a ese torbellino oceánico que se lía entre tus piernas, con la seguridad de que serán tus rizos los que me salven de hundirme.

Por cada baño que me he dado este verano sentía que el agua cada vez estaba más salada. Han tenido el detalle de aliñar el mar para aligerar el proceso de cicatrización de mis heridas, me ha escocido, he llorado hasta dudar si la marea subía por mi culpa y, a la vez que me abrazabas, he servido de faro para que todo barco que estuviese a la deriva perciba el acantilado que se refleja en mis ojos.

Tú aprendiste el por qué a veces los huracanes tienen nombre de mujer, yo ahora entiendo por qué los tsunamis también.